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Fundamentalismo

Lo Fundamental sin fundamentalismos *


Los dramáticos sucesos que han sacudido la estabilidad internacional en los últimos tiempos han hecho que los ojos de todo el mundo se vuelvan hacia conceptos y prácticas relacionados con el fundamentalismo religioso. Al dedicar el número actual de la Revista al tema de la autoridad de la Biblia, tal vez convenga que nosotros también reservemos un espacio para reflexionar sobre este importante fenómeno.

 

La palabra fundamentalismo fue aplicada originalmente al movimiento que surgió dentro del protestantismo norteamericano después de la Primera Guerra Mundial, y que pretendía «reafirmar los fundamentos de la fe del Nuevo Testamento» y «reivindicar el literalismo bíblico de los puritanos» (OED). Creo no equivocarme si digo que todo creyente en Cristo desea «reafirmar los fundamentos de la fe del Nuevo Testamento»; pero algo muy distinto es «reivindicar el literalismo bíblico de los puritanos», ya que éste condujo, al margen de sus méritos indiscutibles, a no pocas actitudes más propias de una concepción teocrática de la sociedad que de la fe del Nuevo Testamento. De hecho, en la mente popular el fundamentalismo pronto llegó a ser identificado no sólo con el rechazo del criticismo bíblico y del pensamiento científico, sino incluso con el auge del mismísimo Ku Klux Klan.

 

Ahora bien, aunque nunca han gozado de buena prensa, los términos fundamentalismo y fundamentalista han adquirido connotaciones extraordinariamente siniestras en los últimos tiempos, debido, como es obvio, a la actividad criminal del fundamentalismo islámico, de tan trágica y triste actualidad. Por ello no deja de ser paradójico que hasta hace no mucho, como se ha dicho, el referente más comúnmente identificado con estos apelativos en la percepción occidental, consolidada en gran medida por los medios de comunicación, ha sido la religión evangélica conservadora asociada con el sur de los Estados Unidos, concretamente el Estado de Tejas, de la que el propio Presidente George W. Bush, quien encabeza la reacción mundial contra el terrorismo islámico, es, hasta cierto punto, una figura representativa a los ojos de muchos.

 

Quizás sea ilustrativo, por tanto, comenzar nuestra discusión contrastando estos dos llamados fundamentalismos, el islámico y el cristiano. Ambos se basan en un libro sagrado; ambos afirman la exclusividad de su credo religioso; y ambos, por lo que se ve -en un caso según los sondeos de opinión y en el otro según la cruda realidad- están dispuestos a empuñar las armas para defender sus derechos o imponer su voluntad. ¿En qué consiste la diferencia?

 

En el caso del Islam militante, el Corán es el único referente válido para este mundo, y su visión religiosa es incompatible con el progreso y la modernidad. La Biblia, en cambio, convive en libertad con otros muchos libros, aunque no sin dificultad (véanse, si no, las luchas acerca de la enseñanza de los orígenes en las escuelas americanas) y si bien para el creyente la Biblia representa la única fuente de conocimiento de la salvación que es por la fe en Jesucristo, el fundamentalismo cristiano respeta la separación Iglesia-Estado, aunque no siempre sin reservas, y no aspira a implantar una nueva teocracia. El Corán impone la Sharia, la ley islámica, en todos los órdenes de la vida, con sus rigurosas obligaciones y prohibiciones, con sus castigos físicos y morales, con su vejación inhumana de las mujeres, por nombrar algunas de sus manifestaciones más notorias. El fundamentalismo cristiano, en cambio, asume la ley de Cristo, respeta la libertad de conciencia y deja la aplicación de la ley y la supresión del delito en manos de la autoridad secular. Por último, el fundamentalismo islámico emplea la violencia y siembra la muerte para extender el Islam por todo el mundo. El fundamentalismo cristiano, en cambio, aunque apoya, sin duda, la acción armada de sus ejércitos, respeta la legalidad, evangeliza por medios pacíficos y no proclama la venganza personal.

 

Parecerá obvio, a partir de este contraste (sin duda excesivamente somero y superficial), que no se puede hablar hoy de fundamentalismo cristiano y de fundamentalismo islámico como si del mismo fenómeno se tratara. No obstante, nos encontramos de nuevo ante una paradoja, ya que si bien es indudable que el fundamentalismo islámico no representa al Islam histórico en general, no menos cierto es que el fundamentalismo cristiano moderno hunde sus raíces en un fenómeno histórico que hoy sólo nos puede producir vergüenza y estupor, a saber, que durante gran parte de su historia el cristianismo fue una religión excluyente y fanática que impuso su voluntad mediante el terror. En este sentido la Inquisición no fue sino una de las manifestaciones más sofisticadas de una tendencia siniestra secular: la de perseguir, hostigar y aplastar a todos los enemigos de la fe. El mismo Lutero, a quien tanto debemos como valiente defensor de la libertad de conciencia y acceso a la Palabra de Dios, no escatimó recurrir a las armas con el apoyo de los príncipes alemanes para consumar su lucha, y el gran Calvino hizo quemar a Miguel Servet en su teocrática Ginebra por discrepar en opiniones sobre la Trinidad.

 

Las cosas, felizmente, han cambiado, y aunque a veces compartimos con el fundamentalismo actitudes dogmáticas y poco tolerantes, lo cierto es que hablar del fundamentalismo en nuestros circuios poco o nada tiene que ver con el fenómeno al que nos hemos referido hasta aquí. En España los creyentes evangélicos han tenido siempre muy clara la separación Iglesia - Estado, y han sufrido en sus propias carnes el azote de la confusión nacional religiosa a manos de otros. Aquí no ha prodigado nunca un talante perseguidor sino que se ha vivido incluso con heroísmo la persecución ajena. Y en general, los evangélicos españoles han sido poco beligerantes y de escasa implicación política. Por ello, si es útil hablar entre nosotros hoy de lo fundamental, sin fundamentalismos, para hacerlo tendremos que ampliar nuestro campo de visión.

 

Conviene recordar una vez más que, históricamente, a la religión evangélica conservadora norteamericana se le ha denominado fundamentalista no tanto por su actitud hacia el mundo como por su actitud hacia la Biblia, por su «estricta adherencia a la tradicional creencia protestante en la inerrancia de las Escrituras» (OED) y ahí es donde es preciso buscar las raíces del fenómeno fundamentalista. El fundamentalismo cristiano está identificado con una manera determinada de entender las Escrituras, y desde esa perspectiva probablemente la mayoría de nosotros seríamos susceptibles de ser tachados de fundamentalistas. No obstante, no nos gusta que nos llamen fundamentalistas y probablemente no nos consideramos como tales. ¿Es posible conservar una fe bíblica sin ser fundamentalista? La cuestión es compleja y aquí sólo la podemos esbozar. Veamos, a continuación, la característica más destacada del fundamentalismo respecto de la Palabra de Dios.

 

 

LA NATURALEZA DE LA BIBLIA

 

El texto bíblico opera siempre en dos direcciones a la vez: se refiere por un lado a la realidad externa que describe o evoca, a la vez que establece una relación determinada con su propio contexto literario. Estas dos direcciones pueden denominar­se la histórica (la relación con la realidad externa) y la tipológica (la relación interna de las partes). La singularidad de la Biblia consiste en dar prioridad al aspecto tipológico (o teológico) por encima del aspecto histórico, sin restar un ápice de importancia a éste. El fundamentalismo, en cambio, enfatiza el aspecto histórico del texto bíblico en detrimento, a veces, de su aspecto teológico. Pondré un ejemplo. Génesis 1-3 narra en términos tan sencillos como profundos la creación y la caída del hombre y vincula este hecho con la subsiguiente historia de Israel y su culminación en la obra redentora de Cristo en la Cruz. Resulta evidente que tanto los profetas como los apóstoles interpretaron estos hechos teológicamente sin detenerse a discutir o defender su historicidad. La asumieron, sin más. Como dice el escritor de Hebreos: «Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios ...» (He. 11:3) ya que la ciencia humana es incapaz de confirmar o desmentir un hecho sólo asequible a la fe. Lo mismo sucede con toda la narrativa bíblica. La mayor parte de su contenido no es susceptible de demostración empírica, y si bien los descubrimientos arqueológicos, lingüísticos o paleontológicos frecuentemente confirman aspectos de la historia bíblica, ésta no depende de ellos para establecer su veracidad. La fe asume los hechos narrados, y los integra en el esquema de la revelación; el fundamentalismo, en cambio, suele tomar partido en torno al valor histórico de los mismos como elemento sine qua non de la interpretación. La fe interpreta los hechos narrados a la luz de Jesucristo, como vehículo de transmisión del evangelio. El fundamentalismo, al elegir un terreno inaccesible a la comprobación empírica, plantea un problema irresoluble que obliga al otro a comprometerse antes de acceder a su mensaje. El libro de Jonás, por poner otro caso, aporta una perspectiva importante a la realidad de la Cruz, sea cual fuere nuestra opinión acerca de su entidad histórica, y no conviene limitar nuestro interés por él" a discusiones interminables en torno a su historicidad. Debemos seguir la directriz de Cristo, quien, «comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de El decían» (Le. 24: 27).

 

No quiero decir con esto que el aspecto histórico de la Biblia carece de importancia: todo lo contrario. El aspecto histórico de la Biblia es importante precisamente porque nos refiere a Cristo, y es este aspecto el que debemos valorar. Al dirigirnos hacia Cristo, la Palabra de Dios urge a todo hombre a tomar conciencia de la muerte y resurrección de Jesucristo como hechos históricos, y no es lícito considerar estos eventos como construcciones literarias solamente, o relatos narrados en el «lenguaje de la fe». Pero mi salvación depende de que yo crea que Cristo murió por mí, y el testimonio de las Escrituras a este respecto está dirigido a la fe. Como escribió Pablo: «Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras ...» (1 Co. 15:3-4). Este mensaje, no la historicidad de la serpiente en el Edén o del gran pez que tragó al profeta Jonás, es el que he de creer para la salvación.

 

¿Quiero decir que la historicidad de la escena del Edén o incluso de la historia de Jonás carecen de importancia? De nuevo insisto que no, que esto no es lo que quiero decir. Lo que quiero decir es que una de las características del fundamentalismo es la de enfatizar cuestiones como éstas como parte esencial de la polémica de la fe, y como asunto previo a la misma. Yo entiendo que esto es innecesario y contraproducente. Más propio es, y más bíblico, leer estos relatos y comprenderlos desde la hermenéutica de Cristo.

 

¿Cómo pueden influir en nosotros actitudes propias del fenómeno fundamentalista? Quisiera sugerir a continuación tres áreas principales en que somos llamados a conservar lo fundamental sin fundamentalismos: en la iglesia, en la vida privada y en la sociedad. En cada caso, se trata de la aplicación no tanto de la letra de la Escritura, sino su espíritu: el Espíritu de Cristo.

 

 

LO FUNDAMENTAL EN LA IGLESIA

 

Escribió el apóstol Pablo: «Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire como sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo» (1 Co. 3:10-11). El fundamento de nuestra fe es Jesu­cristo y lo fundamental, en la iglesia y en el mundo, es El.

 

Hemos considerado cómo la Escritura nos conduce a Cristo; es necesario ahora recordar que toda la estructura vital de la iglesia depende de Él. Cristo es Cabeza de la iglesia, siendo El mismo su único Señor y Salvador (Ef. 1:15-23; 5:23). Es asimismo la piedra angular de la iglesia y su Pastor (1 P. 1:6; 5:4). La iglesia, pues, debe reflejar en todo la presencia de Cristo en su culto, en su comunión y en su actividad. La Cena del Señor ocupa un lugar central en nuestro culto, ya que la pasión y muerte de Cristo constituyen la esencia misma de nuestra fe. La exposición de la Palabra de Dios debe vertebrar la vida de la iglesia, puesto que «la fe viene por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios» (Ro. 10:17). La exposición bíblica ha de presentar «todo el consejo de Dios», (Hch. 20:27) y transmitir en todos sus extremos el «evangelio de la gracia de Dios» (Hch. 20:24). La misión de los pastores es la de «apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre» (Hch 20:28). El talante de los pastores ha de reflejar el pastoreo de Cristo; «Apacentad la grey de Dios ... no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey» (1 P. 5:2-3). La adoración en la iglesia asimismo, no menos que la enseñanza, debe ser cristocéntrica: «La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col. 3:16-17).

 

¿Cómo puede asomarse el fundamentalismo en nuestras iglesias? Cuando se sustituye la presencia de Cristo por la estructura eclesial humana; cuando la exposición de la Palabra se torna dogmática, tendenciosa y parcial; cuando el talante de los pastores se vuelve impositivo y dominador; cuando lo secundario prima sobre lo fundamental.

 

 

LO FUNDAMENTAL EN LA VIDA PRIVADA

 

Los creyentes en Jesucristo somos «conciudadanos de los santos, miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo ...» (Ef 2:19-20) y esta realidad no pertenece al ámbito de las reuniones de la iglesia solamente, sino a cada aspecto de nuestra vida pública y particular. El creyente es el «hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca» (Mt. 7:23) y no cabe dicotomía alguna entre las distintas estancias de su casa, en la iglesia, en la familia, en el trabajo o en la sociedad. Cada creyente ha de conducir su propia vida en conciencia y a la luz de la Palabra de Dios. Esto lleva naturalmente a divergencias y a diferencias de matiz. Por ello es saludable la advertencia de Pablo: «¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio Señor está en pie o cae, pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme. Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga todos los días iguales. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que hace caso del día, lo hace para el Señor; y el que no hace caso del día, para el Señor no lo hace. El que come, para el Señor come, porque da gracias a Dios, y el que no come, para el Señor no come, y da gracias a Dios» (Ro. 14:4-6). La regla de oro de Pablo se resume así: «Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna. (...) Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. Ninguno bus­que su propio bien sino el del otro» (1 Co. 6:12; 10:23-24).

 

En un pasaje no muy reconocido, quizás, precisamente, por su ambientación doméstica, el Señor puso de manifiesto para todos los tiempos lo fundamental en la vida privada: «Sólo una cosa es necesaria» -dijo- «y María ha escogido la buena parte» (Le. 10:42). Después de todo, no hay nada más importante que una relación personal e íntima con el Señor de la vida diaria.

 

¿Cómo se asoman actitudes fundamentalistas al ámbito de la vida privada? Cuando se procura coartar la libertad del otro y sojuzgar la conciencia ajena; cuando se pretende controlar la vida del otro y someterla a los criterios propios; cuando se «contiende sobre opiniones» con el fin de imponer nuestra voluntad.

 

 

LO FUNDAMENTAL EN LA SOCIEDAD

 

El texto que he elegido para encabezar este tercer apartado es también un texto poco tenido en cuenta: «Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo» (2 Ti. 2:19). Este texto nos recuerda que al margen de nuestra profesión (incluso de nuestra fe) impera una perspectiva divina en la que podemos descansar: «Conoce el Señor a los que son suyos». Al mismo tiempo, la pertenencia a la familia de Dios implica un comportamiento ético determinado: «Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo» (Es de notar, de paso, que pertenecer a Dios e invocar el nombre de Cristo es una y la misma cosa). Es decir, que aunque en lo privado no debemos legislar sobre la vida de los demás, la ley moral es clara e inmutable: «iniquidad» se refiere a cualquier conducta incompatible con la pertenencia a la familia de Dios o a la invocación del nombre de Cris­to.

 

Ahora bien, no todos los asuntos de la vida social son susceptibles de ser etiquetados a priori como incompatibles con la pertenencia a la familia de Dios o la invocación del nombre de Cristo, como Pablo mismo explica en su Epístola a los Corintios. Tomemos el ejemplo de lo sacrificado a los ídolos: «Las viandas son para el vientre, y el vientre para las viandas; pero tanto al uno como al otro los destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo» (1 Co. 6:13). Aquí se diferencia entre lo que pertenece a la esfera de lo moral (la fornicación) y lo que pertenece a la esfera de lo social (las viandas). Pero, ¿puede lo social verse confundido con lo moral y verse arrastrado, por tanto, al ámbito de lo inicuo? Prosigue Pablo: «Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a ídolos, sabemos que el ídolo no es nada en el mundo, y que no hay más que un Dios. (...) Pero no todos tienen este conocimiento; porque algunos, habituados hasta aquí a los ídolos, comen como sacrificado a los ídolos, y su conciencia, siendo débil, se contamina» (1 Co. 8:4,7). He aquí el quid de la cuestión: la falta de conocimiento conduce a una conciencia debilitada. Pablo, por su parte, se declara libre para comer, pero advierte a sus lectores para que tomen en cuenta la debilidad de la conciencia ajena: «Si algún incrédulo os invita a comer, y queréis ir, de todo lo que se os ponga delante comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia.

 

Mas si alguno os dijere: Esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por motivos de conciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud. La conciencia, digo, no la tuya sino la del otro. Pues, ¿por qué se ha de juzgar mi libertad por la conciencia de otro?» (1 Co. 10:27-29). De nuevo Pablo: «Yo sé y confío en el Señor Jesús, que nada es inmundo en sí mismo; mas para el que piensa que lo es, para él lo es. (...) No sea, pues, vituperado vuestro bien; porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Ro. 14:14; 16-17).

 

He aquí lo fundamental; lo demás es secundario, y sólo se convierte en primario desde el prisma legalista de una conciencia debilitada por la ignorancia. He aquí la esencia, también, de la mentalidad fundamentalista, que impone a otros criterios subjetivos, parciales y claramente equivocados. Dicho en palabras del apóstol Santiago: «La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha en el mundo» (Stg. 1:27). Lo demás es demagogia.

 

 

LA CUESTIÓN HERMENÉUTICA

 

Iniciamos este editorial aludiendo a los orígenes del fundamentalismo norteamericano y a su pretensión de «reafirmar los fundamentos de la fe del Nuevo Testamento». Esta es tarea de todo creyente, su privilegio y su responsabilidad. Somos llamados a «contender ardientemente por la fe que ha sido dada una vez a los santos» (Jud. 1:3) y debemos tener por el más alto honor contender diariamente, en la iglesia y en el mundo, por esta nuestra santísima fe. El fundamentalismo, empero, va más allá, y pretende «reivindicar el literalismo bíblico de los puritanos». ¿Qué implica esto? Implica dar prioridad a una interpretación determinada a exclusión de cualquier otra, y aplicarla de manera rígida a la iglesia, a la vida privada y a la sociedad.

 

¿Dónde se encuentra la raíz de esta actitud? Se encuentra en una hermenéutica donde prima el referente externo sobre el interno. ¿Cómo se traslada esta hermenéutica a la iglesia, a la vida privada y a la sociedad? Se traslada en una aplicación lineal y literal del texto bíblico a expensas de su comprensión a partir de Cristo. ¿Quiere decirse esto que no importa el sentido literal de la Escritura? Al contrario; es éste el sentido que es preciso discernir. Para concluir, conviene que definamos claramente lo que esto quiere decir. El sentido literal de la Biblia va mucho más allá de la cuestión histórica y recala siempre en la revelación de Cristo. Israel salió de Egipto bajo la sangre pintada en los dinteles de sus puertas, bajo la nube y en el mar.

 

Nadie puede demostrar la historicidad de estos eventos: la fe los asume. Pero estos eventos bíblicos tienen un claro sentido tipológico (o teológico, si se prefiere): se refieren a la fe en la sangre de Cristo, al bautismo en Cristo y a la dirección de Cristo en el mundo (ver 1 Co. 10, donde se explica que ni siquiera la participación física en aquellos hechos garantizaba la salvación). De nada nos sirve creer en los hechos históricos (como lo hace el judaísmo ortodoxo) si no nos apropiamos del significado cristológico de aquellos hechos. Para el creyente prima, por tanto, el sentido interno sobre el externo.

 

Ahora bien, ¿se puede creer en Cristo sin aceptar la historicidad de los hechos narrados en el Éxodo? A nosotros no nos corresponde juzgar la fe de los demás; pero tengamos en cuenta que: (1) La salvación depende de la fe en Cristo, no de la fe en la historicidad del paso de Israel por el Mar Rojo, pues «si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo» (Ro. 10:9); (2) Es imprescindible creer que Cristo murió por nuestros pecados en la cruz, que fue sepultado, y que «Dios le levantó de los muertos». Estos son hechos históricos, que no podemos soslayar. (3) Si Dios resucitó a Cristo de entre los muertos, ningún evento bíblico resultará imposible de creer.

 

El «literalismo» de los puritanos, como se ha dicho, desembocó en determinadas actitudes hacia el mundo externo, que no derivan de la enseñanza de Cristo, ni de sus apóstoles. Podemos pensar en extremos como la «caza de brujas», etc. Entre nosotros el fundamentalismo se manifiesta de otras maneras, pero siempre nace de una manera rígida y excluyente de interpretar y aplicar la Escritura. Hemos mencionado la historia de la Creación: otro ejemplo sería una insistencia dogmática en esquemas cerrados relacionados con la escatología.

 

 

CONCLUSIÓN

 

Resultará claro que las actitudes fundamentalistas afloran constantemente a lo largo de la historia tanto dentro de las religiones como fuera. En el mundo evangélico, lo mismo que en cualquier otro foro o contexto, sus manifestaciones suelen identificarse con un talante poco sensible o intransigente. Pero en el fondo subyace una concepción hermenéutica que, pretendiendo ser fiel a una Escritura inspirada y libre de error, aleja a los de fuera por sus presupuestos inaccesibles e imposibles de demostrar, y aleja a los de dentro por sus posturas excluyentes y dogmáticas. Sólo la hermenéutica de Cristo nos permitirá afianzar lo fundamental sin caer en fundamentalismos. Sólo la gracia de Cristo nos permitirá reafirmar en nuestros días la verdad inmutable de la Palabra de Dios.

 

 *S. Stuart Park

© De la revista IDEA (Alianza Evangélica Española)

 

Stuart Park, doctorado por la Temple Univesity de Filadelfia (EE.UU.) en 1981, con una tesis sobre una autora vallisoletana del siglo XVI. Es autor de numerosos artículos en revistas como Edificación Cristiana, Andamio o Idea. Casado con Verna Reed, con quien ha tenido cuatro hijos, comparte su ministerio con la dirección de un importante centro de enseñanza de idiomas, Warwich House, en la ciudad de Valladolid.

 

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