|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
||||
|
|
|
|||||||||||||
![]() |
![]() |
|
|
|
||||||||||
|
|
|
|||||||||||||
|
|
|
|
|
|||||||||||
|
La inmigración ha existido desde tiempos inmemoriales: durante todas las épocas de la historia, en mayor o menor medida, las gentes han dejado sus lugares habituales de residencia y han viajado a otros países empujados por la necesidad, la ambición, los rumores, las guerras.... Ya deberíamos estar algo acostumbrados a todo eso, y sin embargo, estamos sorprendidos, cuando no desconcertados, por estos contingentes de emigrantes que llegan a nuestro país: ¿por qué? Creo que este desconcierto de la sociedad entera, y particularmente de los cristianos, viene básicamente de dos fuentes: el desconocimiento y la mala memoria. Una vez más, la reflexión es algo que brilla por su ausencia en muchas comunidades cristianas a la hora de afrontar el tema de la inmigración, pero tampoco nos echemos las manos a la cabeza, que ese es un error muy extendido en la sociedad de hoy y del que es difícil zafarse, pero no imposible. El desconocimiento de las causas profundas de los movimientos migratorios que se dan hoy día nos impide abordar el problema con una cierta solidez y más aún nos condiciona a la hora de pensar en soluciones a los problemas que surgen tarde o temprano; os puedo dar un ejemplo de ese desconocimiento: el argumento que he ofrecido al principio de que la inmigración no debería sorprendernos porque ha estado presente a lo largo de la historia es sencillamente una falacia, no porque la afirmación en sí no sea cierta, sino porque ya no es aplicable a nuestro momento actual. Y sin embargo con qué facilidad he visto esgrimir el argumento histórico (“siempre ha sido así”) para justificar el fenómeno actual de la inmigración; es una simplificación salvaje cuyo objetivo, intencionado o no, es el de evitar que nadie mire detrás del decorado que se nos presenta. ¿Por qué digo esto? Porque JAMÁS a lo largo de la historia se ha dado un movimiento migratorio de esta magnitud, tan simultáneo y diversificado, ni con raíces tan complejas. Desconocemos las consecuencias profundas de estas migraciones: las tensiones sociales, los sufrimientos invisibles de los que llegan, los miedos y juicios previos de los que reciben (para profundizar en este tema algunos textos de Giovanni Sartori pueden ser bastante útiles); desconocemos sus multifacéticas causas: por ejemplo, que buena parte de estos movimientos migratorios de personas estuviera previsto de antemano, incluso parcialmente promovido, sería un buen argumento de película, pero ¿acaso desconocemos esa afirmación de que la realidad supera la ficción?. El desconocimiento, menos mal, tiene fácil solución; ni siquiera tenemos porqué llegar a las mismas conclusiones, pero sí tenemos que procurar tener en nuestra mano todos los datos y herramientas posibles para poder actuar e incidir en los problemas que nos rodean, en las vidas angustiadas de personas con las que nos cruzamos todos los días. Sin entendimiento no podremos actuar adecuadamente. Y el que los cristianos estemos no pocas veces desconcertados con la inmigración y sus motivos/consecuencias viene, como decía al principio, de nuestra mala memoria: No oprimirás al extranjero, porque vosotros conocéis los sentimientos del extranjero, ya que vosotros también fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto. Éxodo 23:9 Evidentemente, en lo que esté en nuestras manos no permitiremos que nadie oprima a ningún extranjero, es esa una de nuestras responsabilidades-privilegios; pero ¿conocemos los sentimientos del extranjero? Es tentador, pero inapropiado, estirar el paralelismo entre el peregrinaje espiritual que tan bien se refleja aquel que realizó Israel, y el que cientos de miles de personas realizan hoy en día; aún así, creo que deberíamos hacernos una pregunta de doble dirección: ¿podríamos presentarnos nosotros ante estas gentes como aquellos que conocen ese sentimiento de no encajar nunca del todo, ese sentimiento de provisionalidad que nos llevaría a darle sólo importancia a aquellas cosas que la tienen? ¿Podríamos decirles “miradnos”?; y la pregunta de vuelta, devolviendo la mirada: ¿podríamos reconocer en nosotros mismos ese anhelo por volver a la tierra a la que pertenecemos, en nuestro caso la que nos ha sido prometida? ¿Tenemos tan claro que somos peregrinos o estamos bien acomodados en este “lugar de paso”?. En resumen: no podremos intervenir todo lo bien que quisiéramos en un problema (el de la inmigración) al que no le hemos dedicado mucha reflexión y del que desconocemos casi todo: la buena intención no es garantía de nada. Recordemos qué significa ser peregrino y estaremos empezando bien; lo siguiente... ¿sería? E. López es miembro de la iglesia Cristiana Evangélica en C/Agustina de Aragón, 53. Educador Social y colaborador del ministerio de obra social de la iglesia, "Misión Barrio" y de la ONG "Misión Evangélica Urbana de Valencia".
© Queda prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización de IGLEVALENCIA. Para reproducirlas en una página Web citar siempre el autor y dirección Web: http://www.iglevalencia.org
|
|
|||||||||||||
|
|
||||||||||||||
|
|
||||||||||||||
|
|
||||||||||||||
|
|
||||||||||||||
|
|
||||||||||||||
|
Iglesia Cristiana Evangélica en C/Agustina de Aragón, 53 (Valencia - Spain). © http://www.iglevalencia.org |
||||||||||||||