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Cuando nuestro Señor y
Maestro Jesucristo dijo: "Haced penitencia...", ha querido que toda la
vida de los creyentes fuera penitencia.
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Este término no puede
entenderse en el sentido de la penitencia sacramental (es decir, de
aquella relacionada con la confesión y satisfacción) que se celebra por el
ministerio de los sacerdotes.
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Sin embargo, el vocablo no
apunta solamente a una penitencia interior; antes bien, una penitencia
interna es nula si no obra exteriormente diversas mortificaciones de la
carne.
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En consecuencia, subsiste la
pena mientras perdura el odio al propio yo (es decir, la verdadera
penitencia interior), lo que significa que ella continúa hasta la entrada
en el reino de los cielos.
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El Papa no quiere ni puede
remitir culpa alguna, salvo aquella que él ha impuesto, sea por su
arbitrio, sea por conformidad a los cánones.
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El Papa no puede remitir
culpa alguna, sino declarando y testimoniando que ha sido remitida por
Dios, o remitiéndola con certeza en los casos que se ha reservado. Si
éstos fuesen menospreciados, la culpa subsistirá íntegramente.
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De ningún modo Dios remite
la culpa a nadie, sin que al mismo tiempo lo humille y lo someta en todas
las cosas al sacerdote, su vicario.
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Los cánones penitenciales
han sido impuestos únicamente a los vivientes y nada debe ser impuesto a
los moribundos basándose en los cánones.
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Por ello, el Espíritu Santo
nos beneficia en la persona del Papa, quien en sus decretos siempre hace
una excepción en caso de muerte y de necesidad.
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Mal y torpemente proceden
los sacerdotes que reservan a los moribundos penas canónicas en el
purgatorio.
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Esta cizaña, cual la de
transformar la pena canónica en pena para el purgatorio, parece por cierto
haber sido sembrada mientras los obispos dormían.
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Antiguamente las penas
canónicas no se imponían después sino antes de la absolución, como prueba
de la verdadera contrición.
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Los moribundos son absueltos
de todas sus culpas a causa de la muerte y ya son muertos para las leyes
canónicas, quedando de derecho exentos de ellas.
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Una pureza o caridad
imperfectas traen consigo para el moribundo, necesariamente, gran miedo;
el cual es tanto mayor cuanto menor sean aquéllas.
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Este temor y horror son
suficientes por sí solos (por no hablar de otras cosas) para constituir la
pena del purgatorio, puesto que están muy cerca del horror de la
desesperación.
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Al parecer, el infierno, el
purgatorio y el cielo difieren entre sí como la desesperación, la cuasi
desesperación y al seguridad de la salvación.
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Parece necesario para las
almas del purgatorio que a medida que disminuya el horror, aumente la
caridad.
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Y no parece probado, sea por
la razón o por las Escrituras, que estas almas estén excluidas del estado
de mérito o del crecimiento en la caridad.
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Y tampoco parece probado que
las almas en el purgatorio, al menos en su totalidad, tengan plena certeza
de su bienaventuranza ni aún en el caso de que nosotros podamos estar
completamente seguros de ello.
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Por tanto, cuando el Papa
habla de remisión plenaria de todas las penas, significa simplemente el
perdón de todas ellas, sino solamente el de aquellas que él mismo impuso.
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En consecuencia, yerran
aquellos predicadores de indulgencias que afirman que el hombre es
absuelto a la vez que salvo de toda pena, a causa de las indulgencias del
Papa.
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De modo que el Papa no
remite pena alguna a las almas del purgatorio que, según los cánones,
ellas debían haber pagado en esta vida.
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Si a alguien se le puede
conceder en todo sentido una remisión de todas las penas, es seguro que
ello solamente puede otorgarse a los más perfectos, es decir, muy pocos.
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Por esta razón, la mayor
parte de la gente es necesariamente engañada por esa indiscriminada y
jactanciosa promesa de la liberación de las penas.
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El poder que el Papa tiene
universalmente sobre el purgatorio, cualquier obispo o cura lo posee en
particular sobre su diócesis o parroquia.
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Muy bien procede el Papa al
dar la remisión a las almas del purgatorio, no en virtud del poder de las
llaves (que no posee), sino por vía de la intercesión.
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Mera doctrina humana
predican aquellos que aseveran que tan pronto suena la moneda que se echa
en la caja, el alma sale volando.
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Cierto es que, cuando al
tintinear, la moneda cae en la caja, el lucro y la avaricia pueden ir en
aumento, más la intercesión de la Iglesia depende sólo de la voluntad de
Dios.
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¿Quién sabe, acaso, si todas
las almas del purgatorio desean ser redimidas? Hay que recordar lo que,
según la leyenda, aconteció con San Severino y San Pascual.
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Nadie está seguro de la
sinceridad de su propia contrición y mucho menos de que haya obtenido la
remisión plenaria.
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Cuán raro es el hombre
verdaderamente penitente, tan raro como el que en verdad adquiere
indulgencias; es decir, que el tal es rarísimo.
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Serán eternamente condenados
junto con sus maestros, aquellos que crean estar seguros de su salvación
mediante una carta de indulgencias.
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Hemos de cuidarnos mucho de
aquellos que afirman que las indulgencias del Papa son el inestimable don
divino por el cual el hombre es reconciliado con Dios.
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Pues aquellas gracias de
perdón sólo se refieren a las penas de la satisfacción sacramental, las
cuales han sido establecidas por los hombres.
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Predican una doctrina
anticristiana aquellos que enseñan que no es necesaria la contrición para
los que rescatan almas o confessionalia.
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Cualquier cristiano
verdaderamente arrepentido tiene derecho a la remisión plenaria de pena y
culpa, aun sin carta de indulgencias.
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Cualquier cristiano
verdadero, sea que esté vivo o muerto, tiene participación en todos lo
bienes de Cristo y de la Iglesia; esta participación le ha sido concedida
por Dios, aun sin cartas de indulgencias.
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No obstante, la remisión y
la participación otorgadas por el Papa no han de menospreciarse en manera
alguna, porque, como ya he dicho, constituyen un anuncio de la remisión
divina.
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Es dificilísimo hasta para
los teólogos más brillantes, ensalzar al mismo tiempo, ante el pueblo. La
prodigalidad de las indulgencias y la verdad de la contrición.
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La verdadera contrición
busca y ama las penas, pero la profusión de las indulgencias relaja y hace
que las penas sean odiadas; por lo menos, da ocasión para ello.
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Las indulgencias apostólicas
deben predicarse con cautela para que el pueblo no crea equivocadamente
que deban ser preferidas a las demás buenas obras de caridad.
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Debe enseñarse a los
cristianos que no es la intención del Papa, en manera alguna, que la
compra de indulgencias se compare con las obras de misericordia.
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Hay que instruir a los
cristianos que aquel que socorre al pobre o ayuda al indigente, realiza
una obra mayor que si comprase indulgencias.
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Porque la caridad crece por
la obra de caridad y el hombre llega a ser mejor; en cambio, no lo es por
las indulgencias, sino a lo mas, liberado de la pena.
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Debe enseñarse a los
cristianos que el que ve a un indigente y, sin prestarle atención, da su
dinero para comprar indulgencias, lo que obtiene en verdad no son las
indulgencias papales, sino la indignación de Dios.
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Debe enseñarse a los
cristianos que, si no son colmados de bienes superfluos, están obligados a
retener lo necesario para su casa y de ningún modo derrocharlo en
indulgencias.
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Debe enseñarse a los
cristianos que la compra de indulgencias queda librada a la propia
voluntad y no constituye obligación.
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Se debe enseñar a los
cristianos que, al otorgar indulgencias, el Papa tanto más necesita cuanto
desea una oración ferviente por su persona, antes que dinero en efectivo.
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Hay que enseñar a los
cristianos que las indulgencias papales son útiles si en ellas no ponen su
confianza, pero muy nocivas si, a causa de ellas, pierden el temor de
Dios.
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Debe enseñarse a los
cristianos que si el Papa conociera las exacciones de los predicadores de
indulgencias, preferiría que la basílica de San Pedro se redujese a
cenizas antes que construirla con la piel, la carne y los huesos de sus
ovejas.
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Debe enseñarse a los
cristianos que el Papa estaría dispuesto, como es su deber, a dar de su
peculio a muchísimos de aquellos a los cuales los pregoneros de
indulgencias sonsacaron el dinero aun cuando para ello tuviera que vender
la basílica de San Pedro, si fuera menester.
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Vana es la confianza en la
salvación por medio de una carta de indulgencias, aunque el comisario y
hasta el mismo Papa pusieran su misma alma como prenda.
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Son enemigos de Cristo y del
Papa los que, para predicar indulgencias, ordenan suspender por completo
la predicación de la palabra de Dios en otras iglesias.
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Oféndese a la palabra de
Dios, cuando en un mismo sermón se dedica tanto o más tiempo a las
indulgencias que a ella.
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Ha de ser la intención del
Papa que si las indulgencias (que muy poco significan) se celebran con una
campana, una procesión y una ceremonia, el evangelio (que es lo más
importante)deba predicarse con cien campanas, cien procesiones y cien
ceremonias.
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Los tesoros de la iglesia,
de donde el Papa distribuye las indulgencias, no son ni suficientemente
mencionados ni conocidos entre el pueblo de Dios.
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Que en todo caso no son
temporales resulta evidente por el hecho de que muchos de los pregoneros
no los derrochan, sino más bien los atesoran.
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Tampoco son los méritos de
Cristo y de los santos, porque éstos siempre obran, sin la intervención
del Papa, la gracia del hombre interior y la cruz, la muerte y el infierno
del hombre exterior.
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San Lorenzo dijo que los
tesoros de la iglesia eran los pobres, mas hablaba usando el término en el
sentido de su época.
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No hablamos exageradamente
si afirmamos que las llaves de la iglesia (donadas por el mérito de
Cristo) constituyen ese tesoro.
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Esta claro, pues, que para
la remisión de las penas y de los casos reservados, basta con la sola
potestad del Papa.
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El verdadero tesoro de la
iglesia es el sacrosanto evangelio de la gloria y de la gracia de Dios.
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Empero este tesoro es, con
razón, muy odiado, puesto que hace que los primeros sean postreros.
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En cambio, el tesoro de las
indulgencias, con razón, es sumamente grato, porque hace que los postreros
sean primeros.
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Por ello, los tesoros del
evangelio son redes con las cuales en otros tiempos se pescaban a hombres
poseedores de bienes.
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Los tesoros de las
indulgencias son redes con las cuales ahora se pescan las riquezas de los
hombres.
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Respecto a las indulgencias
que los predicadores pregonan con gracias máximas, se entiende que
efectivamente lo son en cuanto proporcionan ganancias.
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No obstante, son las gracias
más pequeñas en comparación con la gracia de Dios y la piedad de la cruz.
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Los obispos y curas están
obligados a admitir con toda reverencia a los comisarios de las
indulgencias apostólicas.
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Pero tienen el deber aún más
de vigilar con todos sus ojos y escuchar con todos sus oídos, para que
esos hombres no prediquen sus propios ensueños en lugar de lo que el Papa
les ha encomendado.
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Quién habla contra la verdad
de las indulgencias apostólicas, sea anatema y maldito.
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Mas quien se preocupa por
los excesos y demasías verbales de los predicadores de indulgencias, sea
bendito.
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Así como el Papa justamente
fulmina excomunión contra los que maquinan algo, con cualquier artimaña de
venta en perjuicio de las indulgencias.
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Tanto más trata de condenar
a los que bajo el pretexto de las indulgencias, intrigan en perjuicio de
la caridad y la verdad.
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Es un disparate pensar que
las indulgencias del Papa sean tan eficaces como para que puedan absolver,
para hablar de algo imposible, a un hombre que haya violado a la madre de
Dios.
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Decimos por el contrario,
que las indulgencias papales no pueden borrar el más leve de los pecados
veniales, en concierne a la culpa.
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Afirmar que si San Pedro
fuese Papa hoy, no podría conceder mayores gracias, constituye una
blasfemia contra San Pedro y el Papa.
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Sostenemos, por el
contrario, que el actual Papa, como cualquier otro, dispone de mayores
gracias, saber: el evangelio, las virtudes espirituales, los dones de
sanidad, etc., como se dice en 1ª de Corintios 12.
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Es blasfemia aseverar que la
cruz con las armas papales llamativamente erecta, equivale a la cruz de
Cristo.
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Tendrán que rendir cuenta
los obispos, curas y teólogos, al permitir que charlas tales se propongan
al pueblo.
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Esta arbitraria predicación
de indulgencias hace que ni siquiera, aun para personas cultas, resulte
fácil salvar el respeto que se debe al Papa, frente a las calumnias o
preguntas indudablemente sutiles de los laicos.
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Por ejemplo: ¿Por qué el
Papa no vacía el purgatorio a causa de la santísima caridad y la muy
apremiante necesidad de las almas, lo cual sería la más justa de todas las
razones si él redime un número infinito de almas a causa del muy miserable
dinero para la construcción de la basílica, lo cual es un motivo
completamente insignificante?
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Del mismo modo: ¿Por qué
subsisten las misas y aniversarios por los difuntos y por qué el Papa no
devuelve o permite retirar las fundaciones instituidas en beneficio de
ellos, puesto que ya no es justo orar por los redimidos?
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Del mismo modo: ¿Qué es esta
nueva piedad de Dios y del Papa, según la cual conceden al impío y enemigo
de Dios, por medio del dinero, redimir un alma pía y amiga de Dios, y por
que no la redimen más bien, a causa de la necesidad, por gratuita caridad
hacia esa misma alma pía y amada?
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Del mismo modo: ¿Por qué los
cánones penitenciales que de hecho y por el desuso desde hace tiempo están
abrogados y muertos como tales, se satisfacen no obstante hasta hoy por la
concesión de indulgencias, como si estuviesen en plena vigencia?
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Del mismo modo: ¿Por qué el
Papa, cuya fortuna es hoy más abundante que la de los más opulentos ricos,
no construye tan sólo una basílica de San Pedro de su propio dinero, en
lugar de hacerlo con el de los pobres creyentes?
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Del mismo modo: ¿Qué es lo
que remite el Papa y qué participación concede a los que por una perfecta
contrición tienen ya derecho a una remisión y participación plenarias?
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Del mismo modo: ¿Que bien
mayor podría hacerse a la iglesia si el Papa, como lo hace ahora una vez,
concediese estas remisiones y participaciones cien veces por día a
cualquiera de los creyentes?
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Dado que el Papa, por medio
de sus indulgencias, busca más la salvación de las almas que el dinero,
¿por qué suspende las cartas e indulgencias ya anteriormente concedidas,
si son igualmente eficaces?
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Reprimir estos sagaces
argumentos de los laicos sólo por la fuerza, sin desvirtuarlos con
razones, significa exponer a la Iglesia y al Papa a la burla de sus
enemigos y contribuir a la desdicha de los cristianos.
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Por tanto, si las
indulgencias se predicasen según el espíritu y la intención del Papa,
todas esas objeciones se resolverían con facilidad o más bien no
existirían.
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Que se vayan, pues todos
aquellos profetas que dicen al pueblo de Cristo: "Paz, paz"; y no hay paz.
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Que prosperen todos aquellos
profetas que dicen al pueblo: "Cruz, cruz" y no hay cruz.
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Es menester exhortar a los
cristianos que se esfuercen por seguir a Cristo, su cabeza, a través de
penas, muertes e infierno.
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Y a confiar en que entrarán
al cielo a través de muchas tribulaciones, antes que por la ilusoria
seguridad de paz.