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El Código de Vicent

El Código de Vicent  Por Raúl R. 


  Apenas hacia un año había terminado nuestra guerra civil. Por aquel entonces yo recuperé la plaza de maestro de primaria y fui destinado a una aldea a 800 Km. de mi tierra natal. Ni que decir tiene que dicho destino fue producto de mis diferencias ideológicas con el nuevo régimen y con el nacional catolicismo que amparaba a dicho régimen.

  Pronto conocí a Vicent. Era fácil de conocer; su carácter afable, sencillo y abierto motivó que pronto nos hiciésemos buenos amigos. En el pueblo todos le querían y le respetaban y pronto me di cuenta de la gran talla moral y humana que conformaban a la persona de Vicent. ¡Ah! se me olvidaba, Vicent era el tendero del pueblo. En su casa lo mismo comprabas un kilo de alubias, que unas alpargatas de esparto, como depositar y franquear el correo. También podías comprar algunos libros, especialmente de texto y poco más. De manera que, Vicent era el proveedor de casi todos los artículos de consumo de aquella aldea, hecho este que junto al racionamiento y la posterior oferta de más productos, hizo que su negocio prosperase llegando a tener una economía floreciente. A pesar de todo esto, Vicent no manifestaba ningún signo externo que evidenciase lo que era evidente: el dinero que estaba ganando.

  Una noche, en una de nuestras habituales tertulias le pregunte: ¿Cuál es su secreto? ¿Cómo logra mantener ese estilo de vida que le hace ser tan querido por el pueblo y al mismo tiempo tan respetado?...Tengo un código-me dijo susurrando- ¿un código? le pregunté, sí, un código, algún día se lo diré.  No era extraña la falta de confianza, los tiempos que corrían…no era para menos. Yo por mi parte y dentro de mis posibilidades me dedique a indagar, preguntado a los vecinos si conocían el famoso código que hacía que Vicent fuese tan feliz e hiciese tan felices a los demás. Nadie lo conocía, pero todos coincidían en que debía existir y valdría la pena  conocerlo.

  Así estaban las cosas, cuando murió Vicent. De repente. Sin dejar testamento. Sin revelar su código. El gobierno se hizo cargo de todas sus propiedades, es decir, una casa y todo lo que había dentro. Yo por mi parte, había heredado por la venta de la casa de mis padres, y decidí comprar la casa de Vicent  al Estado.

  Pronto, muy pronto, llegaron a mis oídos comentarios sobre la fortuna que debió acumular el muy querido Vicent, ya que su estilo de vida era bastante austero, por otra parte, en la casa no se había encontrado ninguna fortuna, por lo cuál, era muy posible que estuviese en algún escondite secreto. ¿Y el código del que hablaba Vicent? ¿No seria la clave para encontrar esa fortuna, si es que la había, o el secreto de su amabilidad y su felicidad?

  Tengo que confesar que no se cuál fue más fuerte si el deseo de reformar la tienda en vivienda o encontrar el código de Vicent. Lo cierto es que rápidamente contraté albañiles que bajo mi supervisión pusiesen la casa patas arriba, esperando encontrar la clave de aquel asunto.

  Un día, de pronto, quitando una tinaja de las que contenían el aceite, apareció en el suelo, una especia de argolla que abría un cofre. ¡Por fin! ¡El tesoro! Pero en aquel cofre no había dinero. Un libro, sólo un viejo libro. Su titulo: LA SANTA BIBLIA.

  Me quede perplejo. Conocía la Biblia, pero me negaba a creer que ella fuese el resultado de la búsqueda, el secreto de Vicent, el código de Vicent.

  Desanimado y desalentado me dedique a investigar preguntando a los vecinos de la aldea por la posible fortuna de Vicent. ¡Oh sí!-me dijo una familia-debió tenerla, ya que a nosotros nos ayudo en varias ocasiones. Si no hubiese sido por Vicent, no habríamos salido adelante. Era muy bueno y además no quería que lo dijésemos a nadie. No le gustaba darse importancia.

  Consulté a varias familias más y mi sorpresa iba de aumento en aumento. ¡Este hombre había gastado todo lo que había ganado ayudando a todo el pueblo!

  Volví a casa desolado, no quedaba nada, ni dinero ni formulas para la felicidad de mi amigo Vicent. Cansado y abatido acudí al viejo cofre y tome entre mis manos aquella Biblia. Abrí la tapa y ¿Qué era aquello escrito en tinta roja?

J 1334

J 1317

  ¿Dos números precedidos de una jota? ¿Seria ese el código? Y si fuese así ¿qué significaba? ¿Una fecha? ¿Un lugar? ¿Unas coordenadas? ¿Una dirección?

  Aquella noche no pegue ojo, mis pensamientos se agolpaban en mi mente, me levante y empecé a tratar de resolver aquel enigma; sume los números, los reste, los convertí en letras del abecedario, intente recordar algún hecho histórico, si es que eran fechas. Al día siguiente acudí a la iglesia del pueblo, al ayuntamiento, tratando de averiguar si esos números se correspondían con algo que pudiese darme luz sobre este embrollo. Nada. No encontré nada. Escribí  a un viejo amigo profesor de historia y lenguas muertas en la universidad, pero nada. Tampoco pudo decirme nada.

  Yo me había rendido, hacía tres meses que ni comía bien  ni dormía. Había descuidado mis clases en la escuela y apenas ni salía de casa. Los vecinos del pueblo lo notaban y me preguntaban que era lo que me pasaba, que ya no era el mismo.

  Desanimado y vencido, una noche, teniendo entre mis manos el libro causante de todos mis delirios, comencé de una manera distraída a pasar sus hojas entre mis dedos, como el que juega con un mazo de cartas. Por no se que razón, aquella Biblia se abrió con facilidad por una de sus hojas, luego me di cuenta que había sido abierta mucho más por aquel lado. Algo llamó mi atención. En esa hoja había algo subrayado en rojo.

  Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.

  Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hacéis.

  Inmediatamente reconocí esas palabras dichas por Jesús en algún evangelio, la curiosidad me hizo mirar cuál era el evangelio que estaba leyendo. Era Juan. ¿Y el capítulo? El trece. ¿Y el verso? Treinta y cuatro y diecisiete. De pronto, algo me resultaba muy familiar. El pulso comenzó a latirme aceleradamente. ¡Se hizo la luz!

  ¡El famoso código de Vicent  no era ni más ni menos que las palabras del Maestro de maestros, Jesús de Nazaret!  

  Palabras que Vicent aplicó a su vida, mejor aún, palabras que en Vicent eran vida.

  Ahora todo tenía sentido, la felicidad constante de Vicent, el amor desinteresado hacia los demás y la reciprocidad de ese amor. ¡El secreto de la felicidad!

  Por fin, yo, había encontrado ese secreto. Gracias Vicent.

 

Nota del autor.

  Si quieres ser feliz como lo fue Vicent o como lo soy yo, acude a la Biblia, en ella no encontraras ni códigos ni secretos, sino todo lo contrario, la Luz y la Verdad : Jesucristo, el Hijo de Dios, quien por amor a nosotros se hizo hombre para darnos la salvación.
 

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