|


Hagas lo que hagas, tú eliges
Habían pasado varias semanas desde la última vez que nos
encontramos. Pablo y yo fuimos compañeros de colegio e
instituto, y siempre habíamos sido buenos amigos y
confidentes. Él era una persona alegre, divertida, de fuertes
convicciones, inteligente, seguro de sí mismo, muy
decidido,... Pero aquella mañana me di cuenta que el Pablo
que yo conocía había cambiado, pues me vi frente a alguien
completamente distinto al que acostumbraba conocer. Caminaba
despacio, llevaba las manos en los bolsillos, mirada fija en
el suelo...
-
Dime, Pablo, ¿cómo estás? Se te ve muy decaído...
-
No,
no me pasa nada. Estoy bien.
-
Venga, que a mí no me engañas. Te conozco muy bien.
-
Bueno, quizá eso era antes. Ha pasado mucho tiempo
-
¿Se
puede saber qué te pasa? ¿Estás enfadado conmigo por algo?
-
No,
Paco, no me pasa nada contigo. Es que no quiero hablar.
-
Vamos, ¿qué te parece si nos vamos a tomar algo y me cuentas cómo te va
la vida, eh?
-
En
otro momento, de verdad. Ya te llamaré.
Por unos instantes me costó reaccionar. Me quedé en el sitio, sin apenas
poderme mover. Me sentía confuso y triste, porque tuve esa dolorosa
sensación que se tiene cuando se pierde a algo o a alguien sin saber cómo
ni por qué. Y lo peor de todo es que estaba enfadado, pero no con él,
sino conmigo mismo, porque no supe qué decir ni qué hacer.
Muchas veces me preguntaba qué sería de la vida de mi amigo, incluso
remiraba algunas fotos o recordaba algunas de nuestras “batallitas”...
Pude haber intentado hablarle, verle o escribirle, pero algo (sí, el
orgullo) me paralizaba. “Que lo haga él” – me repetía constantemente.
Al fin ayer se disiparon mis dudas y supe por qué Pablo nunca más me
llamó. Fue una “puñalada” de esas que no se sabe bien por dónde penetran
ni por dónde salen; simplemente, se convierte en una especie de herida
interna que nadie ve, pero que sangra por dentro.
Pasé toda mi infancia y adolescencia con una persona a la que llegué a
querer como si fuera mi hermano, con quien contaba, con quien reía,
jugaba,... con quien compartía casi todo.
Esta noche lloro desconsolado, porqué sé que aunque pudo no haber
cambiado nada, en un momento demostré al mundo y a mí mismo que dentro de
mí existía un orgullo y un egoísmo que me impidieron decirle a Pablo tan
solo tres palabras: “DIOS TE AMA”.
“Perdóname, porque sé que, en cierto modo, decidí por ti y,
desgraciadamente, elegí mal”.
Visita el Blog de Laia
"
Déjanos tu comentario
|