|


Uno más
Por Laia
“España va bien”. ”Crece el empleo, la economía, nuestro nivel
de vida es cada día mejor,…”.
Hoy, sentado en mi todavía sillón favorito, me planteo dónde pueden haber
quedado tantas mentiras, y me pregunto a mí mismo cómo dar de comer a mi
familia, qué hacer para sobrevivir si ya no tengo nada. Y hallo
respuesta, pero… no la que quisiera.
“Paco, no te engañes, no tienes más remedio que salir fuera de tu país a
buscarte la vida. Y, además, sabiendo que éste ya no será un viaje de
placer, como el que hacías con Sara cada vez que os hacían falta unas
vacaciones”.
Me digo todo esto, pero la verdad es que ni yo mismo me lo creo. Todavía
quiero pensar que alguien vendrá a darme un pellizco, y me dirá:
“¡Despierta! Menuda pesadilla has tenido, eh?”. Y, entonces, con una
sonrisa en la cara suspiraré diciendo: “Uf, menos mal!”. Nada más lejos
de la realidad, porque sigo esperando y nadie me ha pellizcado aún.
Todos mis esquemas han cambiado en un segundo. Existía presente y futuro,
pero hoy solo encuentro pasado. Quiero enfadarme, gritar hasta partirme
alguna cuerda vocal… quiero decirle a alguien: “¿por qué me has hecho
esto? ¿Qué mal te he hecho yo?”, pero… lo cierto es que no creo que
exista un dios y, si existe, prefiero no conocerle, porque esto que ha
pasado ha debido ser idea suya.
Ayer, yo era “Don Francisco Sáez”: catedrático de historia; ayer era “Don
Francisco Sáez”, vestido de traje y corbata, conducía un deportivo por
las mañanas, un “Mercedes” por las tardes y mi “Harley” de los fines de
semana; ayer era, simplemente… alguien! Nunca, por mucho que me hubiese
concienciado, podría haber llegado a pensar en un planteamiento de vida
diferente para mi familia y para mí. Me (nos) gusta vivir bien y, al
menos para mí, no existe otra manera de hacerlo.
Todo son incertidumbres. Siento tristeza, abatimiento,… Por un instante
se me pasan algunas ideas por la cabeza: “¿y si… me meto en la cama y
duermo hasta que la crisis se pase y el país vuelva a ser lo que era? ¿Y
si… espero aquí sentado para ver si, en unos días, me llaman del banco
para decirme que han recuperado todo mi dinero? ¿Y si… abro la botella
del gas y me olvido de todo?... ¿Y si…?”. Trato de usar una mente fría;
trato de pensar con la inteligencia que (se supone) tengo, pero… no
puedo. En realidad, no entiendo qué podría detenerme, porque aquí no me queda nada por lo que luchar.
-
-
Sara, no puedo con esto. Se acabó la vida para mí. Ya no me queda
nada…
-
-
Pero… ¿qué estás diciendo? Tus hijos y yo no nos hemos ido a
ninguna parte, eh? Seguimos aquí. Tenemos unas manos para trabajar, unos
pies para caminar, una cabeza para pensar… Vamos a salir adelante, ya lo
verás.
-
-
Claro, porque ellos aún no saben que estamos totalmente
arruinados. Les hemos enseñado a tener los armarios repletos de ropa y
calzado de marca, a llevar los móviles de última generación, a ir a los
mejores colegios, comer marisco…Les hemos enseñado que no tienen que
preocuparse por nada. ¿No te das cuenta que ya no les podemos dar nada de
eso? ¿Qué les vamos a decir ahora? Siempre hemos vivido “demasiado” bien.
-
-
Les diremos la verdad. Mira, Paco, tú siempre has tenido dinero,
pero sabes que yo vengo de una familia humilde. Sé lo que es no saber si
se va a llegar a fin de mes; no comer carne o pescado todos los días de
la semana; ponerme ropa prestada de mis vecinas o de mis primas. Sé lo
que es pedir algo a tus padres y recibir como respuesta: “No, cariño,
ahora no podemos”...
-
-
Sí, pero ellos no han vivido eso. Y, además, Sara, no me digas que
es lo mismo acostumbrase a no tener nada cuando lo has tenido todo. No
vas a poder ir al club a jugar al tenis, ni irás todas las semanas a la
peluquería, ni saldrás a fundir la tarjeta en ropa con tus amigas. Ya no
puedo daros nada. Se van a sentir tan decepcionados con su padre…
-
-
¿Estás seguro?
-
-
¿Cómo?
-
-
Que si estás seguro que son tus hijos los que se van a sentir así
o eres tú mismo el que vas a ser incapaz de afrontar esta situación.
-
-
No me empieces con tu “rollo psicológico”, sabes que no lo
soporto. ¿No te das cuenta de que tenemos que venderlo todo? ¿No ves que
voy a tener que irme a otro país a buscar un trabajo para que podamos
seguir comiendo? ¿No te das cuenta que…
-
-
Vale, para ya! No sé si soy consciente o no, sólo sé que, aquí
sentados, no vamos a resolver nada.
-
…
No paro de preguntarme “por qué”. Sí, ya sé que aquí sentado no resuelvo
nada, pero… ¿por qué si antes podía comer caviar, ahora no sé si me va a
llegar para un plato de lentejas? Al menos, me podrían haber avisado que
todo esto sucedería. Me habría intentado concienciar… Pero… no ha sido
así. De repente, una mañana, abro mis oídos al despertador, mis ojos al
nuevo día y, me doy cuenta, con una mezcla de asombro e indefensión, que
nada es igual y que… posiblemente ya nunca más vuelva a serlo. Me froto
los ojos, sacudo mi cara, pero…
¿Qué hago?, ¿me voy?... ¿Hacia dónde?...
¿POR QUÉ?
¿Por qué voy a pasar de ser Alguien a no ser más que un anónimo y un
extraño en medio de gente, calles, paisajes, costumbres y pensamientos
extraños? ¿POR QUÉ? ¿Por qué me he convertido en un pobre y solitario
“inmigrante”?
Visita el Blog de Laia
"
Déjanos tu comentario
|
 |