|


Aguantar el agravio
Por Laia
"Ciertamente, ya es una falta en vosotros que tengáis
pleitos entre vosotros mismos. ¿Por qué no sufrís más bien
el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados?"
(1ª Corintios 6:7)
Hace unos días
estuvimos reflexionando en la iglesia acerca de un texto de
La Biblia que me hizo pensar sobre algo. Como muchos otros
textos, contiene verdades y dictados para el corazón que,
para aquellos que creemos que Jesucristo es Dios, no podemos
ignorar.
Son cosas que duelen,
lecciones que me hacen darme cuenta de las intenciones reales que están
en el interior de un ser humano como yo. Y es que nuestra naturaleza
original no nos lleva a hacer el bien, especialmente cuando la persona
que tenemos cerca nos hace daño. Mientras no nos toca a nosotros, se nos
hace relativamente fácil aconsejar al agraviado, restando importancia a
cualquier conflicto. Pero, ¿y cuando me toca a mi? Ahí es cuando la cosa
cambia.
- “Fulanito” me ha
hecho algo imperdonable. No quiero verle la cara en la vida.
En teoría, tras el lógico
momento de ira, deberíamos reflexionar y perdonar. Sí, así debía ser,
nos hagan lo que nos hagan (y esto conlleva muchas cosas a las que
realmente no estamos dispuestos), pero es que, claro, “Jesús era Dios y
para Él era mucho más fácil perdonar al prójimo”, - nos decimos a
nosotros mismos para convencernos de que nuestra forma de actuar es la
normal. Fabricamos nuestra propia “doble moral”, y llegamos a tener un
discurso diferente según el público que nos escuche. Pero yo me
pregunto: ¿Y si Jesús hubiera pensado de la misma manera? ¿y si hubiera
actuado como tú y yo actuaríamos ante alguien que nos desprecia, como
nosotros hicimos con Él llevándole a morir? Si Él no hubiera aguantado
los insultos, las calumnias, las blasfemias… la misma cruz, en este
momento todo carecería de sentido y esta vida no tendría esperanza
alguna. Y, además, yo tampoco estaría aquí escribiendo todo esto.
Gracias a su muerte, su
resurrección y su promesa de rescatar a los suyos es que podemos creer
que existe el perdón de verdad. El perdón que restaura y sana cualquier
herida.
De nada sirven nuestras
palabras sin hechos que las acompañen. De nada sirve transmitir el
mensaje, si el mensajero no vive lo que dice creer.
Es cierto, a menudo nos
resulta humanamente imposible soportarnos unos a otros, encontrarse
frente a frente con quien te ha hecho mal, pero sería una grave ofensa
decir, pensar y actuar como si no pudiéramos hacerlo, pues Dios soportó
tu agravio y el mío. ¿Lo aguantaremos nosotros? ¿Pondremos la otra
mejilla?
"
Déjanos tu comentario
|