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¡¡¡¡ Gooool !!!!
Por Juan T.
El fútbol es, posiblemente, el deporte que suscita más
pasiones en nuestra Europa y América Latina. Cuando está
próxima la celebración de un acontecimiento futbolístico,
durante su desarrollo y durante un largo periodo después del
mismo, el asunto ocupa un espacio destacado en los medios de
comunicación. Apenas ha concluido la liga española
(¡conseguida por el Valencia C.F.!) y uno de los más
prestigiosos de nuestro continente, la Liga de Campeones, y ya
se está hablando de otro acontecimiento futbolístico, la fase
final de la Copa Europea de Naciones, que se estará celebrando
dentro de muy poco.
Cuando tienen lugar estas celebraciones, aparte de la información
puramente deportiva, en la Prensa suelen aparecer artículos de opinión
que, en algunos casos, exponen el desacuerdo, la desgana del escritor en
relación con estos campeonatos. Con motivo de la celebración del último
Mundial, el escritor marroquí, Tabar Ben Jelloun, escribió un artículo
titulado “El Mundial me saca de quicio”, publicado en el diario El
País de 10 de junio de 1.998. Del mismo, transcribo algunos párrafos:
“No me gusta el fútbol. En tiempos normales ello no me supone demasiado
problema; pero en este momento confieso que me encuentro acorralado,
agredido y que no encuentro ninguna isla en la que refugiarme. El Mundial
se encuentra por doquier, no sólo en los estadios. Está en lugares en los
que normalmente no pinta nada. Los escaparates de las tiendas están
decorados con balones; los panaderos fabrican panes redondos; correos
edita sellos con forma de balón; los autobuses y los taxis están
decorados con fotos de futbolistas, y por lo que se refiere a los aviones
de Air France, aunque decorados para el Mundial permanecen en el suelo.
No hay nada que hacer. El balón está fuera de sí y yo también. No sé
donde dar con mis huesos para escapar a esta invasión procedente de los
cuatro puntos cardinales. No, decididamente no consigo interesarme por el
fútbol, ni siquiera cuando son mis compatriotas los que juegan. No
comprendo las devastadoras pasiones que el fútbol desencadena en
centenares de millones de personas. No debo ser muy normal. Me deja
absolutamente indiferente. Por otra parte, comprendo que el fútbol es un
gran ejercicio de desahogo colectivo. Más vale que la gente se pelee
simbólicamente por un balón a que se haga la guerra con las armas. Es
cosa sabida. Entonces, ¿por qué me sigue produciendo esa alergia?. Quizá
porque no tengo necesidad de desahogarme colectivamente. Quizá porque
escribir me desahoga lo bastante como para poder pasar de esas
manifestaciones exhibicionistas de las que la violencia no está del todo
excluida. Me han dicho que acaba de crearse una asociación. Se llama La
Copa está Llena. De ella forman parte los fanáticos antifútbol. Pero,
como no me gusta ningún fanatismo, me voy a encontrar solo esperando que
el balón no invada noches a través de pesadillas con descanso y árbitro”.
Y
en un tono más satírico, Javier Alfonso, publicaba en Cinco Días un
artículo titulado “Hinchas hasta la muerte” del que extraigo lo
siguiente:
“La pasión por el fútbol ha llegado a los cementerios. No es que los
muertos se hayan levantado para animar a su selección en el Mundial
-todavía no-, sino que más de un aficionado podrá irse a la tumba a
partir de ahora en una caja con el escudo de su equipo. Las empresas
funerarias presentan novedades cada año en un intento de cumplir el
último deseo del finado, que en general gusta de llevarse al sepulcro sus
mayores aficiones. En un año tan futbolero como éste, la quinta edición
de Funermostra que se inaugura mañana en Valencia, está marcada por el
deporte rey en lo que se refiere a curiosidades para el necrófilo
aficionado. Si la cooperativa valenciana Divina Aurora, primera
fabricante española de ataúdes, presenta escudos para fijar en la caja -a
elegir entre el Real Madrid, FC. Barcelona y Valencia CF, de momento-, el
artista Pedro Salido ha diseñado unas urnas para cenizas con los escudos
del Real Madrid y Atlético y ataúdes decorados con los colores de varios
clubes".
La
competición deportiva, y el espectáculo consiguiente, no tiene nada de
negativo si no trasciende más allá del espacio que le es propio. Pero
cuando, en la escala de valores, estas competiciones, ó cualesquiera
otras, llegan a ocupar un primerísimo lugar en la vida del aficionado,
pueden desplazar y, en casos extremos, anular la mesura, el equilibrio
que deben gobernar la conducta humana. Terencio dijo: “Yo creo que es
sumamente útil en la vida no excederse nunca en cosa alguna” (Andria 1,
1), y, por supuesto, tampoco en el fútbol. Pero las manifestaciones
antes, durante y después de las competiciones, en muchas ocasiones no
exentas de violencia, que, generalmente, se prolongan durante varios días
para realizar las ofrendas a las vírgenes y santos de los vencedores (con
el consiguiente disgusto de las vírgenes y santos de los vencidos),
evidencian el desequilibrio, la desarmonía que puede producir en la
persona un juego cuando se le deja dominar la vida.
Lo
expuesto es extensivo a todas las esferas de la vida. Cada cosa, incluido
el aspecto lúdico y deportivo, debe ocupar el lugar que le es propio.
Dejarle traspasar sus barreras, invadiendo otras áreas de la vida, pone
en peligro valores de alta estima, como son la cordura, el equilibrio y
la moderación. La sobriedad es el guardián que debe estar vigilante para
que las barreras no sean traspasadas. A este respecto, en la Biblia hay
repetidas recomendaciones a dejar que la sobriedad controle nuestras
acciones. Con dos citas damos por concluido este pensamiento:
“Pero
nosotros, que somos del día, seamos sobrios..” (1Tes. 5: 8), “… nos
enseñó a rechazar la vida impía y los deseos mundanos, y a vivir en este
mundo con equilibrio, rectitud y piedad…” (Tit. 2: 12, NBE)
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