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Jerusalén, ciudad
santa
Por R. Rodrigo
Jerusalén, Belén, Nazaret, Hebrón, Gaza, etc., son llamados
“los santos lugares”. Encrucijada de tres grandes
religiones: islam, judaísmo y cristianismo, hoy, encrucijada
de encarnizados odios y desatinos provocados por la única
criatura capaz de hacerlo: el hombre.
Toda una geografía salpicada de templos, mezquitas, capillas,
etc. Cúpulas que se elevan al cielo en un intento por servir
de puente terreno-celestial por el que Dios llegue al hombre y
el hombre a Dios.
Hoy, geografía sembrada de horrendas sepulturas cavadas de
balde por las bombas y proyectiles de unos y otros, pero
escasas para cobijar la ingente cantidad de cadáveres que se
apilan en calles y casas, indiferentes a las ideologías
excepto a una: el odio.
Jerusalén, la ciudad “santa”. ¡Qué paradoja! La santidad hace
referencia inmediata al amor. Dios es santo, el Espíritu es
santo, porque en su esencia Dios es amor, y el amor es santo
de una manera peculiar en Dios, ya que la voluntad de Dios
está indeclinablemente orientada hacia el bien, lo cual
constituye la santidad moral de Dios.
¡ Cuándo entenderemos que por amor se muere, por odio se mata;
que por amor damos la vida, por odio la quitamos !
“Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas...” y a los
que no lo son.
Allí también murió el Hijo de Dios, aquel que “es nuestra
paz, que de ambos pueblos hizo uno... y mediante la cruz
reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo.” Efesios,
2: 14,16.
Ruego a Dios, que el Espíritu Santo, Espíritu de amor,
convenza de pecado, de justicia y de juicio a los moradores de
aquellos “santos lugares” y sea posible la paz en Jerusalén,
nostálgico deseo de algún salmista.
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