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Una Ley de extranjeria divina

Una Ley de extranjería divina Por D. Dolz 


Uno de los temas que más preocupan en nuestra sociedad es el problema social que está suscitando la inmigración; hombres y mujeres, que en gran número están viniendo a vivir y trabajar en nuestro país.

 

Hace tan solo 25 años resultaba extraño encontrar a alguien de otra raza o color entre nosotros, a no ser que se tratara de un turista. Hoy la situación es completamente diferente, el progreso de nuestro país y muy posiblemente nuestra integración en la Unión Europea está propiciando una verdadera avalancha de hombres y mujeres de otros países, razas y culturas que tratan de encontrar camino entre nosotros, empujados por la necesidad, la injusticia y la penuria, de los países de los que proceden.

 

La respuesta institucional a esta situación fue la promulgación de la llamada ley de extranjería. Es esta una ley que ha recibido numerosas protestas y acusaciones desde distintos ámbitos ya que con sus restricciones puede dar lugar a situaciones de autentica marginación, completamente alejadas de cualquier sentido de justicia, solidaridad y humanidad. Afortunadamente las Iglesias Evangélicas, aunque no todas, están siendo sensibles a las necesidades de estos hombres y mujeres que viven, en el más puro sentido, como extranjeros entre nosotros. Pero, me temo, que queda mucho por hacer y que lo realizado hasta aquí no es ni mucho menos suficiente.

 

Aunque pueda parecer paradójico e incluso casual, encontramos que hay una “autentica ley de extranjería divina” en la Biblia. Como siempre la Palabra de Dios tiene mucho que decirnos, y mucho que orientarnos. De forma repetida sus demandas nos llaman a una actitud, que

consecuente con nuestra profesión, resulte mucho más valiente y comprometida.

 

El texto de Levítico 19:33-34 ordenaba al pueblo de Dios del A.T.: “Cuando el extranjero morare con vosotros en vuestra tierra, no le oprimiréis. Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. Yo Jehová vuestro Dios”.

 

La actitud del creyente hacia el extranjero está totalmente condicionada por el hecho de que el mismo ha sido un extranjero:

 

- El pueblo de Israel había sido extranjero en Egipto; había sido oprimido y explotado hasta el punto de la esclavitud, pero Dios se había acordado de ellos para hacer de ellos un pueblo libre en una tierra nueva.

 

- La Iglesia de Cristo está formada por todos aquellos que estábamos en una situación de miserable extranjería; “sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” . Ante esta situación desesperada hemos podido experimentar el gran amor de Dios que nos ha dado por la fe en su Hijo “la potestad de ser hechos sus hijos”; “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros .....habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo”. “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz”.

 

El hecho de nuestra salvación es el que va a condicionar toda nuestra actitud hacia el extranjero:

 

a) como a un natural de vosotros tendréis al extranjero: esto tiene grandes implicaciones. No podemos ser

de ningún tipo de marginación, no podemos contribuir a cerrar nuestras puertas y corazones para pretender proteger nuestro status económico o social. El extranjero debe ser considerado en justicia, respecto a la sociedad, como un ciudadano con los mismos derechos que los naturales del país. Pero con respecto al pueblo de Dios la Iglesia, las implicaciones son más profundas, porque la realidad que descubrimos es que en el ámbito de la iglesia YA NO HAY EXTRANJERO, es NUESTRO HERMANO y como tal ha de ser reconocido y tratado por nosotros.

 

b) y lo amarás como a ti mismo: Entra en esta dinámica el ejercicio del amor. No basta con una actitud de justicia o de solidaridad en sentido estricto. ¡Eso no resulta suficiente! Al extranjero en la esfera de la comunidad cristiana, hemos de reconocerlo como nuestro hermano, y reconociéndole como hermano habremos de amarle como a nosotros mismos. ¡Esto implica mostrar la más profunda realidad de la Obra de Salvación en Cristo! ¡Cristo es el autor de la más amplia reconciliación! ¡El es nuestra Paz! ¡Ya solo hay un “nuevo hombre”!

 

c) Esta consideración nos lleva a la articulación y puesta en marcha de todos los recursos disponibles para que nuestro hermano inmigrante ya no sienta su extranjería, sino que es parte de una gran familia espiritual, en la que puede sentir el amor y las bendiciones de Dios a través de sus hermanos.

 

Estoy convencido que esta nueva situación es el medio que Dios ha provisto para despertarnos a una gran bendición espiritual. La tarea es amplia y difícil, implica un serio coste pero podemos estar seguros que si nos ponemos en las manos de Dios él va a suplir todo lo que nos falta para llevar a cabo sus propósitos.

 

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