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¿Por qué narices tuvo Jesús que morir por nosotros?
Por Delirante.org
Aunque quizás no lo
hayamos pensado con profundidad, el caso es que casi todos estamos de
acuerdo en que existe una especie de ley universal de lo que podríamos
llamar moral. Hay pautas básicas de comportamiento universalmente
asumidas; por ejemplo, en ninguna cultura las personas se han sentido
orgullosas de traicionar a aquellos que se han portado bien con uno
mismo, como tampoco el egoísmo ha sido jamás admirado ni digno de
elogio.
Aunque son sólo unos
ejemplos, la realidad es que hay quien niega la existencia de verdades
universales. Pero si en realidad los conceptos del bien y del mal fuesen
relativos vaciaríamos de significado términos como justicia o
injusticia. Todo simplemente sería, y nada podría ser valorado. Si tu
jefe no quiere pagarte a final de mes, no estaría ni mal ni bien:
simplemente sería. Tampoco podríamos decir que la moral basada en los
derechos humanos es mejor que la moral nazi. Nada de esto podríamos
decir si no hubiese una ley moral que de algún modo nos cubre a todos.
El caso es que todos
tenemos un concepto más o menos común de lo que es el bien y de lo que
es el mal, del mismo modo en que todos somos conscientes de que ninguno
de nosotros es capaz de conseguir cumplir siempre esa ley superior. Esta
ley, por ejemplo, no nos dice que los seres humanos somos generosos,
pero sí nos dice que deberíamos serlo. Es una ley que se parece
muchísimo a una mente, y es una ley de la que no podemos escapar.
Es evidente que a muchos
les importa un pepino el reconocer o no que ha menudo fallamos a esta
ley universal. Quien no se considera enfermo no siente la necesidad de
un médico; así que si tú eres uno de aquellos a quienes no les importa
haber fallado a las personas, si no te importa no haber sido siempre
bueno, generoso…, no hace falta que sigas leyendo. Ciao. Pero si
prefieres afrontar las consecuencias de esta realidad, sería interesante
que supieses que Jesús de Nazaret se presenta como una completa
respuesta a este problema. Quizás no has matado ni robado a nadie, pero
seguro que sí que has causado algún tipo de daño a ti mismo y, por
supuesto, a los demás.
El primer punto es que
nuestro fracaso para constituir un mundo ideal pasa por el libre
albedrío. Nuestra libertad de decisión ha traído mucho sufrimiento a
este mundo, pero hay que reconocer que esta libertad nos ha dado la
mayor de las grandezas, la que nos libra de ser marionetas.
El principal pilar de la
fe en Jesucristo es que su muerte por nosotros nos ha puesto a bien con
el Creador y nos ofrece la posibilidad de un nuevo comienzo. Un comienzo
en el que el perdón cubre toda falta y culpa.
La respuesta de Dios viene
de fuera, no de mirar tanto en nuestro interior para darnos nosotros
mismos una incompleta solución. La historia ha demostrado que nosotros
solos no podemos. Los evangelios nos dicen que por el hecho de morir
Jesús se derrotó a la muerte misma. A partir de ese momento de la
historia se nos dice que agarrándonos a este sacrificio de Jesús se nos
abre lo que por nuestros medios es imposible: acceso a la vida eterna.
Nuestros pecados (lo que se podría definir como una orientación negativa
de nuestra existencia) no serán tenidos en cuenta. Ni siquiera los que
cometamos a partir de ahora, si es que de verdad nos hemos entregado a
él. No es una religión lo que comienza. El lío del que nos saca la
muerte de Cristo es el lío de habernos comportado como si nos
perteneciésemos a nosotros mismos. En palabras de C. S. Lewis, el ser
humano no es simplemente una criatura imperfecta que necesita mejorarse;
es un rebelde que debe deponer sus armas. Deponer nuestras armas,
rendirnos, pedir perdón, darnos cuenta de que hemos cogido el camino
equivocado y comenzar una nueva vida bajo la luz de de Jesús.
Eso es lo que el evangelio
llama arrepentimiento, algo que no es divertido. Algo mucho más difícil
que agachar la cabeza humildemente. El arrepentimiento significa
desaprender toda la vanidad y la mal llamada autoconfianza en la que nos
hemos estado moviendo hasta entonces. Por esta razón, este acto de
arrepentimiento significa morir a lo gangrenado de uno mismo; es padecer
una especie de muerte. Pedir a Dios que nos reciba de nuevo sin
arrepentirnos significa pedirle volver a él sin volver a él. Simplemente
no puede ocurrir, pues si no hubiésemos fallado sería otra cosa.
Lo que nos dice el
Evangelio es que Dios se hace hombre para tomar nuestro lugar. El hecho
de que Dios se haya hecho humano nos ha permitido compartir nuestra
propia muerte con él. Por eso él paga nuestras deudas pendientes y por
venir. Todo.
Jesús no presenta ninguna
religión. Él se presenta a sí mismo como la salvación, como el camino de
la vida. Sólo podemos acudir a él, lo cuál significa algo más que seguir
sus enseñanzas. Un cristiano no es una persona que no se equivoca nunca,
sino alguien a quien se le ha concedido la capacidad de arrepentirse,
levantarse del suelo y empezar de nuevo después de cada tropiezo, porque
la vida que Jesús le da está en su interior, reparándole en cada momento
y permitiéndole que repita dentro de una decidida intención de seguir a
Jesús.
Ahora confiamos en él
siguiendo su consejo. No haciendo cosas para ser salvados o aceptados
por él, sino porque él ya nos ha salvado y regalado la vida eterna.
Nuestros méritos nunca podrán comprar nada que el sacrificio de Jesús
nos ha regalado hace dos mil años. A partir de ahora no hacemos cosas
para ganarnos ninguna recompensa futura, sino que lo hacemos como
resultado de una visión de la vida eterna que ya está dentro de
nosotros. Por todo esto y por mucho más fue por lo que Jesús murió por
ti. Ahora tú decides si quieres seguirle o no.
Artículo extraído de
www.delirante.org
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